Los zapatos.

Me gusta andar descalza. Mi familia decía que me crecería el pié, pero nunca tuve vocación de Geisha, daba igual. Andaba descalza en la tierra y supongo que tendría toda una fauna de parásitos intestinales, si así fué, creo que permutaron por el medio hostil que les dí de vida. Encarcelaba los pies en unos zapatos de correítas (un par negro y otro rojo). MI mamá llegó eufórica a la casa, diciendo que consiguió aquellos zapatos mas baratos por que tenían “defectos” Los revisé: Allí estaban sus punteras semiredondas, sus correítas y un par de hebillas niqueladas. NO les descubrí cual era su defecto, o mejor, eran perfectos! Yo estaba en cuarto grado. Asistí con ellos a la escuela, donde me atormentaron con la tabla de siete, a la educación física, que fué donde gané gusto por el judo, al teatro, que fue donde representé a Margarita que quería ser bailarina, a los cumpleaños donde me revolqué en las piñatas para llevarle caramelos a mi mama, y a las marchas patrióticas. Recité con ellos en el matutino una poesía dedicada a un niño vietnamita, que tenía ojos rasgados, y con ellos asistí al círculo de interes de los bomberos, donde aprendí la inútil regla básica de que los incendios de origen electrico no se apagan con agua, y a hacer torniquetes en heridas sangrantes. Aprendimos ellos y yo. La cosa se puso caótica cuando, ya en quinto grado, los zapatos, intactos, insistían en no separase de mí. Ya mis hermanos, todos, tenían zapatos nuevos y yo, continuaba con aquellos de “correítas”. Una verguenza. En sexto grado, ya con el pié un número mayor, comprendí que mis zapatos se alargaban para acompañarme. Y descubrí que su defecto, aquel por el cuel venían rebajados de precio, es que eran irrompibles. Tres años despues estaba yo apavorada, con los odiosos zapatos, pegados como lapas a la planta de mi pié, como una prolongación mía.
Con miedo de entrar a la secundaria con aquellas ladillas rojas, y negras, urdí un plan siniestro:declare que me apretaban y comencé a chancletearlos, a machucarle con mi calcañal su talón, o viseversa, que ya eramos el mismo cuerpo. Y mi mamá, con piedad de mí, me compró aquellos tenisitos blancos que dormían lavados todas las noches en la parrilla trasera del refrigerador para que se secaran. Pero eso ya es tema de otra historia.
Vota este artigo





Últimos comentários
@*dtcomment*@@*titolopost*@
@*nome*@