La Camisa

Yo tuve una camisa de cuadros rojos. Su tejido era fresco y sedoso, sus colores alegres, pero yo, no me encontraba a gusto con ella ( y uso para ti el nombre augusto). Bueno, la camisa fue mudando de lugares conmigo, de status, y yo la usaba poco. Creo que a los 15 años, le notaba un aire cowboy que no era mi modo de conducirme en la vida.
A los 20, tampoco me convenía, ya yo era universitaria y la camisa me daba un aspecto vahído. A los 30, perseverante, la tal camisa no reproducía mi imagen real de madre. Vine para Portugal y la camisa quedó en Cuba. A veces me decía: Esa camisa de cuadros, tendrá un premio de permanencia cuando yo me muera. No sé por que nunca la boté? o se la di a alguien? No sé.....
En diciembre fui a Cuba.
Sentí la camisa llamarme dentro del escaparate que le compre a Eddy hace 20 años atrás. Eddy es un "empresario" de mi pueblo, compra y revende objetos.
Ella estaba allí, casi nueva. Recordé mis 15 años, un día en que por necesidad me la puse, lloviznaba y yo me había escapado de la escuela para comer en un café en el pueblo, tenía hambre y comí pan con croqueta "cielito lindo" (es un tipo de croqueta con tanta harina que se pega pertinaz en el cielo de la boca).
Y un día de examen también con ella puesta, perdida yo frente a la hoja blanca. Y una vez en que Danny se tomó un comprimido peligroso y tuve que llevarlo urgente al hospital a hacer un lavado de estómago. Y todavía recordé más. Recordé que siempre fui infeliz con ella. Que no me proporcionó ni un sólo recuerdo alegre al no ser la certeza de que he vivido bastante y ella conmigo. Agarre la camisa del perchero de alambre retorcido, le pregunte a mi hermana, Para que la guardas? Y ella contestó: POr ser tuya.
Esa noche se la regalé a Osniel que me ayudaba a pelar maíz para unos tamales.
Osniel se la puso alegremente, metida por dentro de unos pantalones vaqueros, lucía muy bien y el estaba contento, yo me alegraba por verlo así.
Espero que haya sido el fin de la camisa que no me hizo feliz. Y el inicio de la camisa que hizo feliz a Osniel, el único recuerdo agradable que guardo de ella.
Los zapatos.

Me gusta andar descalza. Mi familia decía que me crecería el pié, pero nunca tuve vocación de Geisha, daba igual. Andaba descalza en la tierra y supongo que tendría toda una fauna de parásitos intestinales, si así fué, creo que permutaron por el medio hostil que les dí de vida. Encarcelaba los pies en unos zapatos de correítas (un par negro y otro rojo). MI mamá llegó eufórica a la casa, diciendo que consiguió aquellos zapatos mas baratos por que tenían “defectos” Los revisé: Allí estaban sus punteras semiredondas, sus correítas y un par de hebillas niqueladas. NO les descubrí cual era su defecto, o mejor, eran perfectos! Yo estaba en cuarto grado. Asistí con ellos a la escuela, donde me atormentaron con la tabla de siete, a la educación física, que fué donde gané gusto por el judo, al teatro, que fue donde representé a Margarita que quería ser bailarina, a los cumpleaños donde me revolqué en las piñatas para llevarle caramelos a mi mama, y a las marchas patrióticas. Recité con ellos en el matutino una poesía dedicada a un niño vietnamita, que tenía ojos rasgados, y con ellos asistí al círculo de interes de los bomberos, donde aprendí la inútil regla básica de que los incendios de origen electrico no se apagan con agua, y a hacer torniquetes en heridas sangrantes. Aprendimos ellos y yo. La cosa se puso caótica cuando, ya en quinto grado, los zapatos, intactos, insistían en no separase de mí. Ya mis hermanos, todos, tenían zapatos nuevos y yo, continuaba con aquellos de “correítas”. Una verguenza. En sexto grado, ya con el pié un número mayor, comprendí que mis zapatos se alargaban para acompañarme. Y descubrí que su defecto, aquel por el cuel venían rebajados de precio, es que eran irrompibles. Tres años despues estaba yo apavorada, con los odiosos zapatos, pegados como lapas a la planta de mi pié, como una prolongación mía.
Con miedo de entrar a la secundaria con aquellas ladillas rojas, y negras, urdí un plan siniestro:declare que me apretaban y comencé a chancletearlos, a machucarle con mi calcañal su talón, o viseversa, que ya eramos el mismo cuerpo. Y mi mamá, con piedad de mí, me compró aquellos tenisitos blancos que dormían lavados todas las noches en la parrilla trasera del refrigerador para que se secaran. Pero eso ya es tema de otra historia.





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