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Ficheiro Setembro 2007

Pez Luna

by lacaimana (22/09/2007 - 14:52)


En el sonido gutural del mar me adento, en una escafandra de vidrio. Allí, el pez luna. Redondo y enorme, calmo y sereno , actor involuntario de una escena nautica. Allí el pez luna se detiene, aletas suaves y rígidas como manos mutiladas, nunca como membranas móviles, para y me mira, con una boquita como quien susurra la palabra botón, y ojos tiernos, creo que me ve?

No sé, es raro sentirse observada por un cíclope mojado, que verá en mí? la proxima refección? una pez luna? Tengo urgente que accionar mis mecanismos telepaticos, hacerle llegar mi mensaje. Lo más cercano que tengo con él, es cierto lunatismo psiquico, más nada. A lo mejor me entiende y pasa su interés al proximo espectador, una señora gorda que golpea el vidrio con uña pintada en plata......

EL PINGUERO

by lacaimana (16/09/2007 - 23:08)

Daniel es bonito, con sus patillas, se viste de negro y usa botas con hebillas. Para quien no adivinó, aclaro: Daniel es pinguero. Visita el solar de enfrente, un lóbrego laberinto fétido, antro de jugadores y delincuentes, que nunca trabajaron: se enorgullecen de haber dejado los cepillos de dientes en la prisión como garantía de regreso inminente.

 

Cazan con pericia gente como Daniel, que gasten el dinero con indolencia. Al principio lo dejan ganar una pequeña cuantía, y después, solidarios entre sí, intercambian claves, señas, ponen a espiar las cartas de juego a los mas pequeños, usan espejos situados con estrategia.

 

            La mesa de juego, renca, quemada por cigarros, planchas, reverberos y peines calientes, soporta a duras penas una historia repetida, mientras las moscas se disputan entre si un lugar de honor entre los mocos y las pequeñas heridas cotidianas de los niños que allí viven. Al lado de la mesa de los jugadores, una llave de agua enrollada en la liga de una cámara de bicicleta, y una lata vieja llena de agua y orina sirve de cuna a diminutas y rápidas larvas de mosquitos, y cazarlas es hoy la distracción de los muchachos.

 

            Los hombres sin camisa, bien peinados y en chancletas, fumando, esperan ansiosos por la llegada del Pinguero, que todavía no ha aparecido esta semana. De pronto, sienten la moto, en la calle, y el regocijo general revuelve la pocilga, aparecen mujeres con las manos brillosas de grasa de tractor, tejiendo sus trencitas, un peine preso en la maraña de pelos por tejer, y los muchachos dejan de jugar con porquería para acercarse a la mesa: hoy con seguridad comen algo bueno.

 

            Cuando el Pinguero entra por la puerta desvencijada comienza a tratar de despegar una cáscara de mango que tiene pegada a sus flamantes botas, levanta un brazo, hace un saludo para todos y dice:

 

__Buon giornio!

 

Todos están honrados y encantados con aquel amigo que habla ingles. Aquel saludo cordial puede costarle ganar (por simpatía), dos veces consecutivas, antes de perderlo todo. Comienzan las reglas del buen recibir: un traguito de aguardiente. Aparece en su homenaje un vaso de vidrio, retirado a los guerreros con previo permiso, de transparencia comprometida por el calcáreo y el manoseo. El Pinguero bebe el mejunje, resopla con el impacto, posa el vaso, besa su medallita en la cadena, y sonríe.

 

Comienza el juego y al avanzar, pasa algo, hay una incómoda indisciplina en el ambiente, por causa de lo cual ya van tres juegos consecutivos ganados por el Pinguero. Los tres hombres utilizan frases de descontento, a ver si logran atemorizarlo, a ver si acoplan el ritmo, pero eso parece imposible. Porque las mujeres, ajenas a la irregularidad, no estaban presentes, salieron y luego entraron con una palangana de tripas de puerco, recién compradas y todavía calientes, todavía por pagar. Con un débil hilo de agua que sale de la llave, se entretienen en la compleja actividad de lavar las tripas, que por falta de agua se simplifica austeramente. Los niños abandonaron sus deberes espías cuando vieron salir las mujeres y constataron que efectivamente, hoy comerían algo especial. Ellos no notaron la felicidad del Pinguero, ni la angustia creciente de los hombres que casi en desespero pasaron a la fase de emergencia: escenificar una bronca que detuviera y cambiara la dirección errónea tomada por el juego.

 

Por tanto de la nada surgió una protesta, una frase grosera que desencadenó la bronca. En un exceso de celo interpretativo, la maltrecha mesa cayó al piso, regando las cartas y los recipientes de bebida por la tierra. Fue derribada la palangana de las tripas, que provocó la ira de las mujeres, mientras lo hombres, enardecidos, luchaban entre si sin determinar bien quien era el adversario a abatir.

 

El Pinguero se apartó, mirando divertido desde el barracón del frente, cuando un mensajero de afuera trajo la noticia: La policía. Todos corrieron, hasta los niños, sin rumbo determinado, tratando de limpiarse el fango con heces de puerco que tenían pegado al cuerpo, entrando sin dirección por los cuartos que se ofrecían solidarios con las puertas abiertas. El Pinguero, por instinto, corrió, entró casi agachado para no golpearse la cabeza con el techo desvencijado, en la única casa donde nadie había entrado, y lo primero que vio, cuando su vista se adaptó a la oscuridad, fueron los ojitos pícaros de Niña, la mas vieja del barrio, que ya había sobrevivido a innumerables intervenciones policiales.

 

Niña esta encima de una maltrecha cama de hierro, cubierta de trapos para no ser molestada por las moscas,  y ahí fue que el Pinguero tuvo la gran idea. Se acostó junto a la vieja, la cama resistió corajosa el embate, y cuando oyó afuera los pasos de la policía que se acercaba a la puerta, abrazó a la vieja, y estampó un beso en su boca desdientada. El policía no estaba preparado para lo que encontró, por eso, confundido, pensó en titubear una disculpa cuando fue increpado por el Pinguero, que colérico, lo confrontó:

 

__Caballero, que es esto? Es que en este país no se puede tener privacidad?

 

A propósito de las saudades y el embullo cubano.

by lacaimana (15/09/2007 - 22:33)


Tal como el embullo en Cuba los portugueses tienen la palabra “saudades”, y presumen de su encanto y de la impotencia de los lingüistas para traducirla. Yo, acostumbrada a ella, no le encuentro la gracia que otros le ven. La palabra, originaria de un país de conquistadores, que exportó para Brasil y otros países del mundo miles de personas que en su mayoría nunca regresaron, se justifica dentro de su entorno. Por que saudades no es nostalgia, no es tristeza, no es añoranza, no es gorrión. Ahora soy capaz de comprender lo que es saudades. Para mí, saudades es algo así como salir por un mercado fuera buscando un plátano burro, cuando en Cuba lo odiaba con vehemencia. Oír un ritmo cubano que allá me aburría y sentir un despelote interior que solo disimulo atendiendo a la turbación de mi marido. O insistir en hacer mis frijoles negros con aceite de soja cuando tengo mis propias aceitunas y mi producción familiar de aceite extravirgen.
Es que saudades está asociada también a la muerte de una persona querida:
“A mi saudadosa esposa” dicen los obituarios del periódico local, o “saudadinhas”, exclaman, a modo de despedida. Saudades es prácticamente intraducible, pero según las antiguas polémicas lingüísticas el ranking lo tiene la palabra “to endure” del inglés, ya que la oscilación semántica de la palabra va, en español desde “soportar”, “resistir”, “aguantar”, hasta “sufrir”.
También la palabra “ilunga”, del idioma tshiluba, que se habla en una región sur oriental del Congo. Esta palabra ocupó el número uno en un listado mundial hecho por mil lingüistas. La palabra en cuestión significa: “una persona que está dispuesta a perdonar cualquier abuso la primera vez, a tolerarlo la segunda, pero nunca la tercera”
En segundo lugar quedó la palabra “shlimazl” que quiere decir “una persona con mala suerte crónica”en yiddish, el idioma que hablan muchos judíos en Europa, y Estados Unidos, algo así como nuestro “estar salao”.
La tercera palabra mas difícil es “naa” que se utiliza en la región de Kansai, en Japón para dar énfasis a las afirmaciones o expresar que se está de acuerdo con alguien.
Nosotros, aquí, en el exterior, sufrimos como nadie de saudades, porque Cuba no es un país cualquiera, que se abandona y se olvida, tenemos esa mala suerte crónica, (ese “yiddish”).
Hemos soportado (“to endure”) interminables abusos, una, dos, tres veces, (“ilunga”) y porque (“naa”), “Saudades não se curam, matan-se”. Dicen los expertos portugueses.

 

 

CAMBIO DE VIDA.

by lacaimana (09/09/2007 - 20:12)


_Mira muchacha no juegues con la suerte_le advierte su mamá a Mercedes, recién venida del mas allá. Sí, del más allá, que Mercedes se murió y volvio a vivir.
          Mercedes se pasa con parsimonia la mano por su pierna delgada y negra, brillosa, con el fin de no mirar a su mamá de frente. Mercedes evita mirar frontalmente, por que en su tráfico del más allá hasta su nueva vida, sufrió un trombo embolismo en el ojo que le provocó una bizquera pavorosa y alarmante: casi no se le ve la parte oscura del ojo. La madre repite a los vecinos dos cosas: Tuvo que parir dos veces a Mercedes, y en el segundo parto, no pudo traerle el ojo de vuelta.
        Por eso Mercedes baja la cabeza, para no encarar a la madre, avergonzada con su ojo desviado y blanco y le dice bajito y amenazadora, mientras se restriega la pierna:
_Me tienes ostiná….
          Mercedes salió del hospital hace tres días y no quiere hablar.
_Tenias que dejarme morirme... mira ahora este ojo….si ya yo andaba aburría ahora peor….
_No abuses de tu suerte__repite la mamá de Mercedes, temerosa de un tercer intento suicida.
            Mercedes vendía medicamentos, le iba bien. Su marido conseguía las medicinas en la enfermería de la prisión, y de pronto Mercedes, por segunda vez en su vida, se tomó, en un cañangaso de aguardiente, una docena de antinflamatorios y aspirinas:
_Se le aguó la sangre_ explicaba la mama con pericia de clínico.
         El médico salía con la habitual cara preocupada, y repetía, días tras días:
_Mientras hay vida hay esperanzas.
_Ay, mi hija! Se lamentaba su mamá: Tan bonita, mi hija, tan trabajadora!_continuaba , atolondrada, (su hija ni era bonita, ni trabajadora), cuando tuvo la idea. La idea llegó con la lucidez que provoca la exasperación.
           La abuela de Mercedes, su suegra, ya había muerto. Dejó en su cuarto, a su cuidado, sus santos, bien acomodados en la esquina y distribuidos con sabiduría: El San Lázaro, con la mirada baja, la nariz erosionada por el roce y las caídas. La Santa Bárbara en una estampita maltrecha y cagada de moscas, un crucifijo que estuvo sumergido en agua y ahora estaba en un vaso marcado por estratos de calcio, un calderito con clavos de línea, piedras lavadas por un río lejano del pueblo, platos y vasos vacíos, una jícara con el fondo de fósiles de hormigas e insectos en la miel cristalizada y rancia: un arsenal místico abandonado que había que recuperar.
          La madre de Mercedes, con la determinación que solo da la convicción, se dispuso a recobrarlo todo y para eso, lavó el rincón, le dio una camada de cal que disimulaba costosamente la pared sucia, rompió una sayuela y coció a mano una cortinita discreta, y posa sobre la mesita, al fin, dos velas nuevas, los vasos ahora lustrosos, merenguitos duros, una calabaza, un tabaco, aguardiente y con devoción declara:
_Tengo que hacer un cambio de vida a mi hija.
             Y allá va eso. Cuando Mercedes se suicidó por primera vez, salió del coma una semana después, pero ya quince días es demasiado tiempo. El médico le explicó el procedimiento de la vida artificial de su hija, conectada a tubos, mangueras y aparatos de fluidos vitales.
              Regresó a casa apesadumbrada, y preparó el envoltorio con la fórmula de la nueva vida.
             Bien apertrechada llevó su carga fatídica a la esquina del hospital: consistía en un saco donde se mezclaban en promiscuidad una gallina muerta, unos gajos de efectos garantizados y un rezo apurado pero bien aprendido destinado a que si la vida de la gallina no era bastante, el primero que pasara por aquella esquina, dejara su vida desprendida para ser transferida a Mercedes. Cuando la mamá salió, disimulada y de prisa, alcanzó con su mirada la imagen de un viejo que se apresuraba a la cafetería del hospital para tomar la última colada de la noche:
_Pobre desgraciado…._se apiadaba del viejo que probablemente daría su vida para salvarle a la hija y dando la vuelta para la entrada del hospital, temía por verificar los resultados. Era hora de visita y el médico de terapia daba noticias, entonces, le dijo a la madre de Mercedes:
_Y sobre su hija, nada nuevo, todo igual…
_Por ahora doctor__dijo la mamá, por primera vez, convicta__mientras hay vida hay esperanzas….no?
             El médico dijo que sí con semblante apenado.
            Al otro día, Mercedes abrió los ojos. Parecía mas una convulsión que un renacimiento, por el globo del ojo derecho que obstinado rotaba y escondía el iris, y el estremecimiento cataléptico del cuerpo. Una barahúnda de enfermeras y médicos le indican a la mamá que se maniobró el milagro esperado y el alivio la inundó, y quiso verla, tal y como el día en que la había parido.
                  Fue conducida hasta su hija, cuya respiración agitada indicaba que estaba viva, y sus ojos abiertos recuperaban un brillo repentino.
_Pobre hombre_ fue la única frase, incomprensible, que la madre logro balbucear.
            Ahora dos días después de la salida de Mercedes del hospital, la madre quiere un segundo milagro, y no sabe como traer el ojo intacto del más allá.
                Acostumbrada como estaba a la magia diaria de mantenerse ella, su hija y sus nietos, la mamá de Mercedes no se amilana, entonces innovó un segundo saco con todas las características del anterior, compró una cabeza de puerco, extirpó con destreza de oftalmólogo el ojo derecho, lo juntó al saco nefasto y lo depositó ya de noche en las cuatro esquinas.
              Cuando Mercedes se levantó, fue directo a la cocina atraída por el olor a comida. Su estrabismo había desaparecido, y allí estaba su mamá, cantando una canción y preparando una caldosa para celebrar el regreso del ojo de su hija Mercedes. En el fondo del enorme caldero, la cabeza del puerco asistía al milagro con su ojo tuerto.

Reir es el mejor remedio.

by lacaimana (06/09/2007 - 21:11)


Estoy aburrida como cada noche, y como la hembra Alfa de mi manada, tengo derecho al comando del televisor. En el Canal de la Historia, emiten un programa de Diana, la Princesa de Gales que no me interesa. Nunca he llegado a comprender por que siendo Diana la que chocó contra un túnel, es Camila la que tiene cara de eso. Por eso, arrastro mi selector hasta Cuba Visión  Internacional y de nuevo nos venden la clásica mulata bailando salsa con una flor en el pelo, y promueven el Habana Club. Recuerdo con una sonrisa amarga el traguito que mi hermano Cheo preparaba, con alcohol de bodega, que venía mezclado con petróleo y Cheo depuraba  con un poquito de leche que me suplicaba, la leche se cortaba y los coágulos absorbían, según él casi la totalidad del petróleo. Luego colaba aquello y bebía, en traguitos demorados y llenos de placer, una bebida blanquecina que él llamaba “Espérame en el suelo, corazón”

 Bien, llevo mi selector de canales a “Nacional Geographic” y aquello sí que es placentero. Un programa sobre la infidelidad de los animales donde usan como ejemplos pájaros, pingüinos y animales monógamos. El programa esta respaldado por varias teorías científicas que intentaban demostrar por qué biológicamente el hombre, y extrañamente también la mujer, son infieles.

Según estos científicos ¿ingleses? que intentan dar una explicación: el hombre (género masculino) es infiel por una misión humanitaria: algo así como una necesidad biológica que el macho tiene de desperdigar su semillita por el mundo para que no se extinga la especie humana. En cambio, la mujer, un ser mucho más inteligente y racional como lo ha demostrado durante toda su existencia, sabiéndose privilegiada con el don de la maternidad, se toma el derecho de “elegir” (mediante los tarros, si es necesario), al mejor macho que la fecunde y así no sólo asegurar la continuidad de la especie sino traer al mundo los mejores especimenes.

 El programa en cuestión me deja pensando: si el acto de pegar los tarros es un hecho biológico y natural ¿por qué nos duele tanto a las mujeres cuando nos los pegan?, ¿por qué entre los hombres los cuernos es algo que se trata con sorna y compañerismo y, en cambio, entre las mujeres, es un drama casi insuperable? La respuesta está en la misma teoría científica que intenta defender los “cuernos naturales”: en general, cuando un hombre engaña a su pareja piensa que es sólo eso, una cana al aire, sexo, descontrol, que no es tan grave. Pero cuando una mujer es infiel, los pone de verdad, es decir, su instinto tarril es consecuencia de un proceso interior más profundo: ha encontrado a alguien “mejor”.

 Quizás este es el motivo por el que a las mujeres nos duele tanto cuando nos pegan los tarros, porque pensamos que los hombres se guían por el mismo motivo que nosotras. Pero no, queridas, los hombres son unos seres mucho más instintivos y, por lo tanto, más simples: al pegar tarros solamente se dejan guiar por su propia naturaleza, es decir, como si Dios tuviera el comando de sus cojones.

 Así que, queridas amigas, si alguna vez os ponen los cuernos, no se sientan defraudadas, simplemente tu macho es débil y no ha podido luchar contra su propia naturaleza. Pero ay, hombres, si sus mujeres les pegan los tarros, tiemblen porque eso significa que han encontrado un macho mejor!!!

 

Ficheiro Setembro 2007